Me llamo Nicole, tengo 27 años, soy trabajadora social y dibujante. En febrero de 2017 participé como invitada en una jornada de Fundación Transitar, junto a niñxs y jóvenes trans*. El encuentro trascurrió en el litoral central, por lo cual tuvimos acceso a la playa durante algunas horas, bajo un intenso sol de verano. Las aguas costeras en Chile son frías. Sin embargo, aquello no fue impedimento para que lxs chicxs corrieran a zambullirse apenas nos aproximamos a la orilla. La mayoría no salió del agua hasta que llegó la hora de partir. Muchas de las escenas vividas eran dignas de ser conservadas en dibujos: la inmensidad del paisaje y el movimiento del cuerpo en el mar. Lola apareció con una larga peluca roja puesta en la cabeza. Decía que su cabello, de hermoso color cobre, todavía estaba demasiado corto como para lucirse. Pero, apenas bajó del bus y vio el mar entró en él de un salto, no importándole nada la peluca, que dejó olvidada sobre la arena.

 

Desde hace algunos años leo, observo y dibujo sucesos que hacen parte en distintas reivindicaciones y emergencias sociales. Es por eso que quise venir a acompañar a lxs chicxs en su primer paseo a la playa. Eran diez, quince y hasta veinte a lo largo de una misma ola. Pensaba… ¿habrá existido antes, alguna ola en alguna playa, que transportase a tantxs chicxs trans al mismo tiempo? Ese día conocí a Luisa, quien sostenía dos muñecas entre sus manos. Luisa prefería jugar entre los árboles del bosque junto a la playa. Entramos en una animada conversación acerca de cómo jugaba con sus muñecas: las lanzaba con fuerza hacia las copas de los árboles y luego éstas caían de lleno sobre la tierra. A pesar del polvo que se elevaba, las arrojamos una y otra vez. De repente, el hermanito de Luisa, quien corría alrededor nuestro, se acercó preguntando si yo era niño o niña. Con una sonrisa en el rostro y sin mucha explicación de por medio, continuamos jugando. “Las muñecas no usan capa pero con su pelo pueden volar más lejos que Superman”, señaló Luisa. “Su pelo es un alga que ahora baila en el mar”, agregué yo indicando con una mano, la peluca de Lola que se iba flotando entre la espuma.

 

Ya no había forma de alcanzar la peluca. “Era de cotillón, filo”. A Lola, la verdad, poco le importó la peluca. Mientras transcurría la tarde bajo un quitasol, puse atención a las conversaciones que se desarrollaban entre lxs más pequeñxs. Ningunx reparó en decir que antes tenía un nombre distinto al actual o que vestía de otra forma. En ellxs, la noción de cambio se integraba como parte de un lenguaje cotidiano, así como el cuestionarse el género de las personas a pesar de las apariencias que, para muchxs, podrían haber sido evidentes. Por último, me pareció indispensable para una transición colectiva, ya fuesen hermanxs, familiares o amigxs de niñxs y jóvenes trans, el que ellxs también pudiesen vivir y practicar nuevas relaciones y formas. Porque, las pelucas y las muñecas pueden compartirnos más juegos y sentires de los que nos enseñaron algún día.

 

En el bus de regreso venía entre despierta y soñando: la peluca roja se iba flotando junto a las algas y estrellas de mar. Los últimos rayos de sol encendían el rojo de la peluca, el cabello color cobre de Lola y las muñecas voladoras de Luisa.

Pensaba… ¿habrá existido antes, alguna ola en alguna playa, que transportase a tantxs chicxs trans* al mismo tiempo?